Atraco en el cine

Una compañera de mi mujer nos regaló ayer unas entradas para ir a ver “Tiana y el Sapo” a un cine de Gavá (¡Gracias S.!). Nos pareció un buen plan. Ir a recoger a los críos al cole, darles la merienda y directos para allá.

La película pintaba bien. A las niñas parecía que iba a encantarles. El tema es el de siempre, chica conoce chico, chico se convierte en sapo, chica se convierte en rana, chico es un príncipe, chica quiere montar un restaurante en plena Diagonal… Vamos, una historia de amor con moraleja. Disney. Qué vamos a hacerle.

Pero no voy a hacer una crítica de la película. Sólo voy a decirte que me pareció bien. No va a ser un bombazo como hayan sido otras producciones de esta factoría de sueños. Pero fue correcta. A las niñas les gustó. Al niño le pareció un poco rollo.

A lo que voy. Somos tontos. No. Perdona. Somos rematadamente tontos. Yo el primero. Porque caí. Porque se aprovecharon de que iba con los críos.

Me explico. Vas al cine. Claaaaro, palomitas. Compras palomitas. Aquí ya tienes la primera ingeniería de márketing y finanzas. A ver. Pido dos paquetes pequeños de palomitas y una cocacola mediana (tres cuartos de litro, mediana). Once con sesenta y cinco euros. No me lo podía creer. Joder, si no había roto nada. La chica, me ve todo preocupado y empieza a darme la clase magistral sobre los diferentes tipos de menús (sí, sí, lo llaman menús) de palomitas y cocacola. Puedes pedir dos cocacolas y un bidón de palomitas. Una cocacola de litro y un bidón de palomitas. Una cocacola y dos paquetes de palomitas. Bueno, pura combinatoria. Resulta que un bidón de palomitas, que tenía bastantes más que los dos paquetes pequeños, y una cocacola de litro, en vez de la de tres cuartos, casi cuatro euros más barato. Me quedé con cara de gili. Se lo tienen todo estudiado. Claro, saqué los ocho euros que me pedía y se los di.

Al rato: “Papa tengo sed”. Se había acabado el agua. Bueno, no se había acabado, pero digamos que no se podía usar la botella. Prefiero no dar detalles de los problemas de estómago que tuvo una de mis hijas. Salte a media película de la sala a comprar una botella de agua. Dos con diez. ¡¡¡DOS CON DIEZ!!! Pero bueno. Una botella de Aquarel. Que es del grifo coño. Que en el súper vale treinta y cinco céntimos. Idiota de mí… los pagué…

Lo que yo me pregunto es cómo es posible que todos caigamos en lo mismo. Que todos paguemos ese impuesto revolucionario por ir al cine. Ni que fuera barato. Es impresionante. Venga a subir precios, venga a clavarte, venga a exprimirte. Somos como corderos. Lo que tendríamos que hacer es no comprar nada en los cines… Que les den. Que pongan precios más asequibles. Que no nos roben a mano armada en nuestra propia cara y nosotros no ofrezcamos resistencia.

Es como si fuéramos por la calle y nos viniera un choricete de tres al cuarto y nos dijera, con palabras educadas y en un tono de voz normal… “Por favor, caballero, no se sobresalte, pero es que esto es un atraco. Claro, tengo que robarle, la vida es así. Tengo pasta, pero quiero más. Así que, si es usted tan amable, deme todo el dinero que lleva encima y así me ahorro tener que darle dos mamporros”. Y vas tú, y todo sonriente, le das todo lo que llevas.

Cojonudo.

Luego dicen que la gente piratea las películas. Ir al cine, una familia de cinco personas, con entradas y palomitas, sale por, aproximadamente, unos 50 Eurazos.. Ahí es na…

Lo dejo aquí. Que me enciendo. Si queréis ir al cine, id, que mola ver las películas allí, pero que les den, no compréis nada… Entrad las palomitas y las bebidas del súper, y si les molesta, que se jodan, que pongan precios populares…

Que vaya bonito…

àlex

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