¿Qué esconden nuestras abuelitas?

Cuando recordamos o vemos a nuestras abuelas, se despierta en nosotros un sentimiento entrañable. Yo debo recordarla, ya que hace unos cinco años que nos dejó. Si cierro los ojos, soy capaz de verla todavía. Soy capaz de escuchar su voz. La distingo. Recuerdo con cariño tantas y tantas cosas. Una abuela, después de una madre, es, posiblemente, la persona que más cariño nos da en este mundo.

Pero no nos engañemos, detrás de esa inocencia, detrás de esa sonrisa y ese amor, se esconde una bestia parda. Sí, sí… No quiero quitarles su lado santo, pero ahora me entenderás.

Estos días he aprovechado para marujear un poco y para llevar e ir a recoger a los niños al cole. Allí me he encontrado con abuelitas. Como la mía. Unos amores con sus nietos. Pero…

Caso 1. Compra en el mercado.

El otro día fui al mercado. Si, claro, a comprar. No me vayas a hacer tú la típica pregunta que te hace un conocido cuando, después de mucho tiempo sin verte, se encuentra contigo en un supermercado:

“Hombreeeeeeee… Cuanto tiempoooooo… ¿Qué haces por aquíiiiii?”

Joder, pues qué voy a hacer… comprar… ¿A qué voy a venir a un supermercado? ¿A tomar unas copas?

Me centro. Estaba en el mercado. Había pedido la tanda en la carnicería. Tenía unas tres personas delante de mí. De repente, llega una abuelita. Empieza a mirar el “género” de la vitrina… Se queda ante el mostrador, mirando, buscando algo… El tendero pregunta “¿Quién va ahora?” La abuelita le pregunta a ver si tiene cordero, él le responde que sí, y antes de que nadie pueda decir algo, ya le ha pedido… En cuanto le dices algo, hace como si no te oyera, hasta que al final, con cara de malos amigos, te suelta un “sólo quiero eso, además, nadie ha dicho nada cuando él ha preguntado”… Claro, como es una señora ya entrada en años, pues no quieres discutirte… Así que se va tan campante, con su cordero y las otras dieciocho cosas que ha pedido.

Caso 2. En el cole

Cuando los niños son todavía pequeños, no les dejan salir a la hora de marchar a casa, si no viene alguien a recogerlos. Normal. Claro. Las clases tienen unos 25 niños. Nosotros tenemos que ir a 3. Lo clásico en estos casos es entrar cuando abren las puertas del colegio. ¿Crees que la gente entra ordenadamente? Pues no. Mira que eres iluso. Las mamás, que son mayoría, entran a toda pastilla. Si no llevas cuidado, te atropellan. Entonces se monta una cola ante la clase. Afortunadamente, yo, con mi metro setenta y pico, despunto entre ellas y, para las poquitas veces que me ven en el cole, las maestras “sueltan” a los niños aunque no me toque.

Pero estábamos en el caso de las abuelitas. Aquí hacen lo mismo que en el mercado. Sin darte cuenta, han metido la cabeza por delante tuyo, han dicho el nombre de su nieto/nieta y entonces te han metido el cuerpo entero. Tú dices algo, pero como si lloviera. No te hace ni puñetero caso.

Seguro que tú tienes más anécdotas como estas, en las que una abuelita se convierte en un auténtico lobo…

Aunque, cuidado, mi abuelita era la mejor. Gastaba un cuarto y mitad de mala uva si la buscabas, pero joder, yo era guapo a sus ojos. Era inteligente. Vamos, que cuando iba a su casa engordaba, y no por el bistec de medio quilo y el súper plato de patatas que me daba, si no por lo bien que hablaba de mi con todo el mundo…

La echo de menos…

àlex

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