Siempre quise ir a LA

Así empieza la canción de Loquillo, “El Cadillac Solitario”…

El sábado por la noche tuve un sueño. Todavía estoy recuperándome de él…

Soñé que subía a un tren por la tarde, a eso de las 5. No conocía el destino, nunca supe dónde estuve…

Recuerdo que en mi sueño fui viendo una película, con una chica sentada a mi lado que me hablaba antes, durante y después de la película. Tuve que levantarme para ir al servicio. Cuando volví a mi sitio, sin preguntarle, en un perfecto catalán, me explicó lo que había sucedido durante mi ausencia. Lo único que recuerdo de ella es que era rubia y no se callaba. Me preguntaba a dónde iba. Yo no sabía que contestarle. No sabía a dónde iba…

El tren llegó a su destino final. Habían pasado aproximadamente tres horas. El tren corría muchísimo. En la estación no había nadie conocido. Nadie me esperaba. Estaba solo. Hacía frío.

Pasados unos pocos minutos, sonó el teléfono. Una voz cálida, femenina y conocida al otro lado. Me preguntaba dónde estaba. Le describí cómo era el lugar en el que me hallaba. Pareció conocerlo. Me indicó hacia dónde debía ir.

Seguí aquellas instrucciones y salí del edificio. Estaba en la calle. Un coche negro me pitaba. Veía a alguien haciendo gestos desde dentro, pero no sabía quien era. De repente, dos mujeres con máscaras vienesas aparecieron por otro lado… Me fui con ellos. Ya sabía quienes eran.

Allí empezó una noche mágica.

Me llevaron por la ciudad. La gente nos miraba. Parecíamos el centro de atención dentro del coche. Estuvimos un rato. El tráfico allí era horrible. Aparcamos. Tuvimos que dar un Euro a un hombre por haber dejado el coche en una plaza de la cual una de las chicas que venía con nosotros acababa de sacarlo. Cosas de esa ciudad, supongo, o cosas de mi sueño…

Fuimos a cenar a un mercado. Me dijeron que era el centro de la ciudad. El mercado tenía nombre de cerveza. Allí, entre una gran multitud, estábamos nosotros, con máscaras, la mía negra, con plumas, parecía un cuervo. La gente nos miraba. No nos quitaba el ojo de encima. Sonreían.

Pedimos tapas para cenar, acompañadas de cerveza y vino. Comimos desde Sushi japonés a jamón ibérico, pasando por ostras, pintxos de bacalao, salmón, atún, algunos mejillones al vapor…

En un momento me encontraba solo con mi amigo. Una chica vino a ofrecernos una rosa. Recuerdo que le dije que ni siquiera con la rosa pensaba acostarme con él. Se reía. Se reía mucho. Cuando volvieron nuestras amigas, volvió. Esta vez eran dos chicas ofreciendo rosas. Repetí la jugada. Yo creo que venía a reírse un rato. Como es mi sueño, yo decido…

Salimos de aquel mercado con nombre de cerveza y nos fuimos a hacer tiempo tomando una copa. Unos mojitos, un “Sex on de beach” acompañados de unas palomitas rancias. Hablamos de muchas cosas. Nos reímos.

Salimos de allí y cogimos el coche. Recuerdo que nos fuimos lejos. Muy lejos. Llegamos pasada la media noche a un local atestado de gente. El nombre no lo recuerdo muy bien, pero sé que tiene que ver con “aperitivos por la noche” y está en una localidad “dónde las tocas un poquito, casi de forma imperceptible”. Allí había un grupo tocando en vivo. Canciones de toda la vida. Hombres G, Loquillo, Duncan Dhu, Dire Straits y otros muchos… Aquellos eran los teloneros. No eran malos, pero llegaron a aburrirme. Por suerte, conseguimos sentarnos alrededor de una mesa.

Nos tomamos algunas copas y empezó el plato fuerte. El dueño del local empezó a tocar y a cantar. Estuvo muy bien. Recuerdo que durante un rato lo pasé mal por el humo del tabaco. Me destrozó los ojos, pero fue genial.

Acabó la noche con una canción sobre un tal Billy Joe que se había cortado un huevo en el aserradero… Divertida.

Dejamos a una de las chicas en su casa. Eran las 6. Nos despedimos allí. Y los tres que quedábamos nos fuimos de nuevo al centro de la gran ciudad. Allí, en el centro, fuimos a una chocolatería. Eran las seis y media de la madrugada y nos tomamos unos churros con chocolate en un local hasta arriba de gente. Pero sentó bien al estómago.

Ya era tarde. Estábamos cansados. Salíamos casi a las siete del local y yo debía subirme de nuevo a un tren que me devolviera a mi cama. Estuvimos haciendo tiempo. Charlando. Cansados. Había poco que decir. Llegaba el momento de las despedida. Una despedida que no sabré ya hasta cuando. No sabré cuándo volveré a soñar con esto. No somos dueños de nuestros sueños, ya lo sabes…

Nos despedimos con un abrazo. Me subí a mi tren y caí en un plácido sueño, un plácido sueño que me devolvió a mi lugar de origen…

Una canción que estuvo presente durante toda la noche:

“La vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

A mis amigos I., M. y J.

àlex

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