Relax en el camping

No hay nada más bonito que ir de camping… Bueno, sí, vale, hay infinito más dos cosas más bonitas que ir de camping, pero según las circunstancias, es una liberación absoluta, te lo aseguro.

Cuando tienes entre los dieciséis y los veinte años, las oportunidades del ligoteo son bárbaras. Practicas idiomas por un tubo, ya que en estos recintos, puedes hallar la más variopinta diversidad de nacionalidades. Es genial, la química que aparece en la piscina… Ese correr por las noches a la caza y captura del extranjero/extranjera de turno a ver si puedes hacer manitas sin que te vean tus conocidos… [Aquí va un suspiro]

Pero como te comentaba, todo depende de las circunstancias en las que te encuentres. Cuando se trata de familias con niños, la cosa varía y mucho.

Allí llega una relativa despreocupación. Te coges un bungalow (lo de que coger un bungalow no es ir de camping, lo discutimos otro día) para toda la familia. Vas acompañado por más amigos que estén en tu misma circunstancia, es decir, con niños; eso sí, en diferentes bungalows. A partir de ahí, empieza la liberación.

Los niños, todo el día en la calle, con sus bicis a todas horas en medio del camino, lo justo para que otros precavidos conductores, se bajen a apartarlas con cariño y hastío a la vez. Juegan a fútbol. Todo el día fuera. Tú, todo el día marcando el bañador, la camiseta, las gafas de sol y las chanclas… El conocido como “Uniforme oficial de las vacaciones de camping”.

Se levantan por la mañana y a la calle. Desayunan en el porche del bungalow. Tú, puedes leer hasta el periódico. Te quedas en la mesa hasta que te cansas de estar sentado y hablando con los amigos. Mientras, los niños corren, ríen, juegan…

Vas un rato a la piscina. Juegas con ellos. Ahí, un poco más de responsabilidad y menos liberación, hay que vigilar que no se ahoguen y que no le den un balonazo o no mojen a la señora maquillada en plan sábado noche y que lleva un bañador de diseño a juego con un pareo y unas zapatillas.

Te vuelves al bungalow. Preparas un aperitivo a base de vermut negro, berberechos y unas olivas. Mientras lo tomas, preparas una sangría de tres litros, de aquellas que se hacen en una olla o en un cubo, con un kilo de cubitos de hielo. Costillada, paella… lo que sea. Todo combina con la sangría de cava.

Después de comer, los niños siguen corriendo. Tú, si te dejan, te echas una siesta hasta las seis de la tarde, en que vuelves un rato a la piscina. Vuelves, te lías, con calma, a pensar en la cena. Sin machacarte, que luego vienen las agujetas de pensar: Unos biquinis (bocadillo caliente de pan de molde, jamón york, queso y mantequilla), unos frankfourts… A lo sumo, una tortilla de patatas. Por la noche, cerveza o un buen lambrusco fresquito, eso sí, del rosado, que no te engañen con otro…

Los niños siguen jugando. Te pones a echar la partida de cartas. Algo ligero, un póquer. Los niños vienen al verte jugando, pero se cansan y se duermen. Tú puedes seguir hablando, jugando y, sobre todo, bebiendo, hasta altas horas de la mañana, porque los niños, como se han acostado tarde, no madrugarán…

Por la mañana vuelta a empezar. Llegas a un estado de relax absoluto, o debieras, si no lo consigues, quizás esto del camping no es para ti.

No te líes con hoteles, apartamentos o cualquier otra cosa… Lo suyo es el camping, en buena compañía, eso sí…

Voy a pensar en las vacaciones, a ver si llegan pronto…

Que vaya bonito,

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