De padres a hijos

Hoy ha sido un día especial. Hoy ha sido uno de esos días en los que me voy dando cuenta de que hay cosas que realmente pasan de padres a hijos y, estos, a su vez, vuelven a pasarlo sus hijos.

Es un tipo de herencia que nada tiene que ver con el dinero ni las posesiones. Es esa herencia de la que siempre todos nosotros nos sentimos orgullosos y que nos hacen darnos cuenta de lo valioso que es compartir momentos con la familia.

Un amigo me lo dijo hace tiempo, y creo que ya lo comenté por aquí: “El dinero que no ganemos hoy, no lo echaremos de menos… El tiempo que no pasemos con nuestros hijos… Sí…”

Recuerdo las colecciones de cromos que hacía cuando era pequeño. Ser el benjamín de la casa tenía sus bondades, una de ellas era que ya desde bien enano tenía álbumes corriendo por la casa. Recuerdo que, en aquella época, acabar las colecciones era complicado.

Los sobres de cromos eran bien diferentes. No eran adhesivos, los pegábamos con el famoso pegamento imedio. Aquel al que le ponías un alfiler de tu madre para que siguiera manteniendo la salida libre. En cada sobre, venían cerca de diez cromos, aunque este detalle ahora no lo tengo muy claro. Lo mejor de todo era su precio, dos con cincuenta… Pesetas. Lo que vendría siendo hoy entre uno y dos céntimos de EURO. Hoy valen sesenta céntimos y vienen seis.

También recuerdo que en aquellas colecciones de la liga que ya hacíamos, había cromos que eran dificilísimos de conseguir. Aquellos Quini, Migueli, Maradona, Butragueño, Gordillo con sus calcetines caídos… Podías cambiar a Maradona por diez o veinticinco cromos. Hoy, tienes a Messi o a Forlain (éste último parece más escaso) y lo sigues cambiando por uno.

Ya no se juega. Ya no se hacen dos montones y se apuestan unos poquitos a un montón. Sólo se cambia.

Hoy puedes acabar la colección pidiendo los cromos directamente a la casa que hace el álbum. Te viene el formulario dentro del álbum.

Pero no, yo no quiero. Yo he recordado aquellas mañanas de domingo que mi padre nos llevaba al “Mercat de Sant Antoni” de Barcelona. Allí, en los chaflanes, nos reuníamos un montón de gente con un único objetivo: Conseguir los cromos que nos faltaban para acabar la “cole”. Las recuerdo con cariño. No con nostalgia, porque no tengo ese sentimiento, pero sí como algo que perdurará por siempre en mi memoria. Uno de esos momentos entrañables que siempre me acompañarán…

Hoy he llevado por primera vez a mis hijos a cambiar cromos al “Mercat de Sant Antoni”. Ha sido igual. He recordado, con la cara que ponía mi hijo al ver el escudo del Barça que le faltaba, o a Forlain, la ilusión que me hacía a mí cuando tenía su edad. Pero hoy también he podido sentir lo que supongo que sentía mi padre, y no es otra cosa que dejar salir al niño que todos llevamos dentro, porque yo también notaba la ilusión que me hacía encontrar los cromos ausentes en el álbum. El momento de tacharlos de la lista hecha en un papel cuadriculado arrancado de una libreta.

Ha sido una gozada. Ahora, toca volver… Y si es posible, volver tres generaciones juntas al lugar en el que se terminan las colecciones de cromos en Barcelona: “El Mercat de Sant Antoni”.

No desaproveches las pequeñas oportunidades de pasar un rato con los tuyos. Pensamos que siempre están ahí, y en ocasiones, más de las que realmente deberíamos, los dejamos en segundo plano precisamente por pensar eso, que ya los tenemos cerca. Quizás, a última hora, nos arrepintamos de no haber pasado más tiempo juntos…

Que vaya bonito,

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